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Lo confirma el presidente Uribe: “Un mecanismo financiero ilegal con el que han sido estafados miles de ahorradores atraídos por exorbitantes y rápidas ganancias, son parte de la “cultura mafiosa”. Lo más certero que se ha escuchado en las últimas declaraciones del primer mandatario. No porque los recursos estén totalmente conformados por dineros calientes, sino porque lo que mueve a estas pirámides es la cultura de la ganancia fácil, la misma cultura que moviliza al crimen organizado y la política corrupta; sin demeritar como causa, la falta de oportunidades sociales en un sistema financiero tan inequitativo y excluyente.

Ganar fácil supone evitar el trabajo, superar los conductos normales y corrientes para surgir por encima de cualquier prejuicio. Es un mecanismo cotidiano expresado con refranes y dichos populares: “El vivo vive del bobo”, “pa´las que sea”, “en la política y el amor todo se vale”. Algo enraizado que premia la creatividad, no para cosas buenas, sino para ascender como sea, sin acatar la ley.

Lo que más preocupa, es que ya es algo común en los altos funcionarios del ejecutivo y legislativo, e inclusive en las fuerzas del Estado. Es imposible que un país como Colombia, con tanto potencial, pueda surgir con tales problemas institucionales. Expertos como Salomón Kalmanovizt y Luis Jorge Garay lo han recalcado. Bernardo Pérez hace una mención a dos nuevos mandamientos de convivencia que evocan la facilidad de cosechar el fruto ajeno: el “décimoprimero” – no dar “papaya” –, y el “décimosegundo” – no dejar pasar la “papaya”. Es el mismo mecanismo que cultiva el estudiante que hace copia, el ciudadano que no hace cola o la persona que falsifica soportes de hoja de vida para superar con engaños lo que no ha logrado con esfuerzo propio.

En el lenguaje común y no solo en los sectores populares sino también en empresas, entidades y universidades, es normal hablar del “duro”, del “propio”, del “patrón”, de la necesidad de hacer un “cruce” o de “arreglar un torcido”. La noción de vida corta alimenta la violencia y destraba los miedos para morir tempranamente. Una cultura en dónde todo es transitorio y desechable y en dónde su mejor expresión se mide, según Garay, a través del derroche y disfrute inmediato. Peor aún el calificativo de “pendejo” al funcionario público que no aprovecha su cuarto de hora o el caso del político que es proporcionalmente admirado dependiendo del número de procesos legales que tenga y sepa sortear.

En palabras de Néstor Raúl Acosta, en el Comité Cívico de Villavicencio: “lo que hay que cambiar no son las leyes o las instituciones, lo que tiene que cambiar son las personas, para poder cambiar todo lo demás”. El país y sus ciudades tienen que abordar procesos que permitan espacios de diálogo y reflexión de la sociedad, con la participación especial de los estamentos educativos y los padres de familia. Surge la necesidad de un proyecto ético de reconstrucción social, que tiene que desarrollarse para la lograr una verdadera ciudad decente.

Manuel Javier Fierro Patiño. Magister en Desarrollo.

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Para explicarlo de manera simple, el microcrédito viene a ser como el préstamo formal ajustado a las condiciones de la población de bajos ingresos. Según el Banco Mundial, las microfinanzas son el suministro de servicios financieros en pequeña escala a empresas y familias que tradicionalmente se han mantenido al margen del sistema financiero. La historia del microcrédito se remonta a Blangadesh, hacia el año de 1970. Un profesor de economía llamado Muhamad Yunus, al ver el tratamiento injusto por parte de los agiotistas, reunió a 42 personas, sumó sus deudas y tomó la decisión de pagarlas de cuenta propia, prestándoles el dinero a una tasa de interés normal. Se asombró cuando la totalidad de la gente, en su mayoría mujeres pobres, le pagaron oportunamente y además le agradecieron el especial gesto humanitario. Es así como nace el banco de la aldea, el cual tiene actualmente presencia en más de 120 países, con 50 millones de personas beneficiadas y con una cartera 98% corriente, un éxito total.
Según el PNUD, en América Latina, más de 110 millones de personas pobres, especialmente mujeres, lograron créditos con instituciones microfinancieras reguladas, ONG y bancos comerciales, para montar sus propios negocios. En la actualidad existen cerca de 400 entidades dedicadas a esta misión, manejan una cartera global de 2.800 millones de dólares en créditos que no sobrepasan los 10 mil dólares, con tasas de interés bajas, préstamos otorgados sin muchas trabas y con promedios de recuperación cercanos al 97%, superiores a los de la banca comercial. En realidad, el microcrédito puede resultar en un buen negocio.
En Colombia, Medellín ha sido la ciudad en donde se popularizó el microcrédito. El banco de las oportunidades, programa de la Alcaldía de Medellín, ha logrado colocar cerca de 20 mil millones de pesos, con más de 9.000 créditos otorgados a bajas tasas de interés y con apenas una cartera vencida del 5%. El programa se acompaña de asesoría y estímulos que facilitan su difusión e impacto social. El ideal es ofrecer planes a la medida y no tratar de copiar al pie de la letra experiencias de otros lugares. Hay que conocer muy bien al empresario local para generar compromiso y responsabilidad. En Medellín el proceso se acompaña de un programa denominado “emprenderismo social” que comprende apoyo para la formalización, capacitación, asesoría empresarial y facilidades de pago. Estos resultados demuestran la bondad del microcrédito y responde a la actitud elitista de los holgados bancos comerciales en Colombia, que ponen como condición para ofrecer microcréditos, que el gobierno tumbe el límite de usura y así poder elevar las tasas de interés, bajo el pretexto de que son créditos de administración costosa y bajo recaudo. ¿Será que los 6 billlones de pesos que ganaron los bancos en el 2005, no les genera alguna responsabilidad social con el país?.En el Meta se han lanzado dos programas importantes, de los cuales no se conocen resultados concretos. El Banco de los Pobres e INCUBAR Meta, son iniciativas que merecen mayores recursos, mayor atención del gobierno local y departamental, para promover el desarrollo empresarial, aliviar los niveles de pobreza, subempleo e informalidad

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