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Manuel Javier Fierro Patiño. MVZ. Esp. Gestión y Planificación del Desarrollo Urbano-Regional.

De la cuenca del río Orinoco, el río Guaviare con 140.000 km2 es el afluente que tiene la mayor extensión de los 328.000 km2 totales que posee la gran cuenca colombiana. Es un río de aguas amarillas, con alto contenido de nutrientes extractados de la tierra andina; su gran cauce y vitalidad permiten una amplia diversidad de peces llevando cual fluido sanguíneo fertilidad a los suelos a lo largo de su trayecto hasta desembocar en el majestuoso Orinoco.

Los ríos son vida y el eje sobre el cual se mueve todo en estas regiones apartadas de Colombia. A través del río Guaviare es posible llegar de Puerto Lleras, Meta a Inírida, Guainía y conectar toda la zona oriental de Colombia. En las décadas de los 50 y 60, los lancheros hacían el recorrido aproximadamente en 15 días, llevando principalmente víveres, combustibles y recogiendo los pocos productos que los colonos producían. Se conformaron caseríos como Caño Jabón, Mapiripana, Arrecifal, Barrancominas y Cejal, los cuales se consolidaron después como focos poblacionales como resultado de las bonanzas extractivas, la marimba y la coca. En esta gesta colonizadora participaron hombres y mujeres de empuje, que buscaban un mejor futuro, alejarse de la violencia partidista o en algunos casos huir de responsabilidades legales. Las opciones eran pocas y generalmente la idea era sobrevivir a partir de los recursos de la naturaleza, comer carne de monte, sembrar para comer y comercializar algunos excedentes agrícolas para poder adquirir panela, sal, aceite, ropa, toldillos, zapatos, pilas y otros artículos que la selva no producía. Las bonanzas momentáneas permitían un desfogue para el despilfarro y la diversión de todo tipo, ocasión que sabían aprovechar muy bien los mercaderes, las cantinas y las prostitutas. Junto a esta dinámica social y económica crecían los niños, se creaban algunas escuelas y aparecían centros de salud.

En un recorrido realizado hace unos 10 años trabajando en un proyecto para la Unión Europea y la Gobernación del Guainía, pude apreciar la difícil vida del colono e indígena. De alguna manera la población se adapta a lo que venga para lograr sobrevivir. Hace unos 3 años, pude volver a Barrancominas, esta vez en un trabajo con organizaciones indígenas y observé con asombro cómo los hoteles y establecimientos comerciales estaban vacíos. Aquella época de aparente prosperidad ya no existía; algunos de los residentes abandonaron el pueblo y ahora vivían en Villavicencio o Bogotá. Se sentía la dependencia de la economía de la coca. Ahora con la ejecución del Plan Patriota y el establecimiento de bases militares el gobierno ha logrado desplazar el problema; sin embargo, me llamó mucho la atención que en medio de todo esto, aun existían personas que se aferraban a su tierra, amaban su región y habían adquirido un especial sentido de patriotismo. Estas personas desean ahora del Estado una mano amiga y miran con esperanza la posibilidad de que algún día estos apartados lugares prosperen económicamente y logren desarrollarse de manera armónica con el medio ambiente. Los indígenas y colonos ubicados a lo largo del río tienen problemas, pues en medio del conflicto, es difícil movilizarse para pescar, cazar, adquirir víveres. Es necesario desarrollar un gran plan social que atienda la problemática de estas zonas marginadas que han logrado mantenerse por largo tiempo a pesar del abandono estatal

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