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Villavicencio se ha convertido en un parqueadero de tractomulas. La producción petrolera y el auge agroindustrial en la altillanura, ha convertido a la capital de la Orinoquia en un caos de movilidad por los frecuentes trancones en las principales vías de acceso. Además de ser el centro integrador de la región frente al gran mercado bogotano y la conexión obligada con el resto del país, la ciudad pasó a sufrir el transito diario de más de 10.000 vehículos de carga pesada, duplicando el transito normal de hace dos años.  Este crecimiento en la frecuencia y además en el número de vehículos  hace imposible poder tener paz y tranquilidad al viajar, especialmente en los trayectos Bogotá-Villavicencio-Puerto Gaitán. De otra parte, es notable el déficit de área de parqueo en Villavicencio, por lo tanto, es natural ver inundadas las calles de la ciudad de tractomulas, los andenes y costados de las vías y las algunas estaciones de servicio. Las vías a menudo están congestionadas. Estos gigantescos vehículos, además de ocasionar problemas de contaminación con químicos, producen polvaredas que afectan las viviendas y negocios, suciedad de las vías, riesgos de accidentes y ruido en exceso.

Es evidente que la cultura ciudadana de algunos conductores de esta clase de vehículos no es la mejor.  No respetan normas de tránsito, conducen a altas velocidades, arrollan ciclistas y motociclistas, cierran constantemente a los vehículos que temerosamente se mueven entre sus líneas.  Para transeúntes y conductores no hay oportunidad, sino ceder y dejar que se tomen la vía como quieran, pues son las señoras de la vía. Trayectos que antes se hacían en corto tiempo han pasado a ser eternos.  Viajar del barrio Galán a ciudad Porfía es una dura prueba de paciencia, ni hablar de la Glorieta de la Grama hacia Catama o tratar de llegar a la Universidad de los Llanos.  El anillo vial es cosa aparte, según el Ministerio de Transporte esta destacado como uno de los diez lugares más peligrosos del país, con las mayores tasas de accidentes fatales.

Es de reconocer que se han tomado medidas y existen buenas intenciones para atender esta problemática, pero esta situación desborda las competencias locales.  Es necesario exigir al gobierno nacional y a la empresa privada, que están recibiendo los beneficios de este boom comercial, que se comprometan a cooperar en la solución y atender las normas de tránsito.  Algunas consecuencias  son notables y las sufrimos los llaneros, la pérdida de competitividad regional, la disminución en la ocupación hotelera, los daños en la malla vial y los constantes accidentes de tránsito.  La ciudad está colapsando igual al nombrado eufemismo “Autopista Bogotá-Villavicencio”, una vía de prometió 90 minutos y ahora apenas promete si se tiene suerte, tres horas de trayecto y por lo menos tener la fortuna de llegar ileso.Imagen

El tránsito vehicular en Villavicencio es un verdadero caos. En horas pico es casi imposible movilizarse por la cantidad de automóviles, taxis y motocicletas que fluyen a esta hora en la ciudad.  No es difícil hacer una estadística muy básica. De 10 automóviles que se cuentan,  5 a 6 son taxis, sin contar las motos que abundan a montón. Después de conocer la noticia sobre la entrada en circulación de 269 nuevos taxis y las denuncias sobre el aumento de la modalidad del “gemeleo”, con la complicidad de autoridades de tránsito y funcionarios, no queda ya asombro ante los hechos que cada día salen a la luz pública.  El tráfico de cupos y otras modalidades delictivas deben llamar la atención de las entidades de control y por supuesto de las que realizan la vigilancia técnica de estos organismos de tránsito. La intervención de la entidad parece ser el mejor camino.

 

El caos vehicular se puede convertir en una debilidad de la ciudad frente al fortalecimiento del sector turístico, lo más grave es el aumento de los accidentes de tránsito donde lamentablemente abundan las victimas fatales. Además del aumento del parque automotor causado en parte por la bonanza comercial de automóviles y motocicletas y las trigueñuelas de nuestros servidores públicos; es representativo el factor que depende de las capacidades y habilidades de los conductores.  Sacar un pase para moto o automóvil es muy fácil. No porque se esté juzgando la celeridad con que se obtiene, sino la falta de verificación de las condiciones y conocimientos de los conductores para conducir y sobrevivir en una ciudad tan congestionada.  El tránsito por el carril equivocado, la imprudencia en los cruces, la falta de respeto por las normas de tránsito en general, se han convertido en prácticas normales, cosa que en otras ciudades del mundo puede ser duramente penalizado, no con sanciones económicas, sino con la obligación de cumplir tareas sociales, como atender orfanatos, victimas de accidentes y ancianatos; además de asistir a cursos de aprendizaje y actualización.   

Villavicencio requiere conductores responsables. Por esta razón es urgente hacer controles y tomar medidas estrictas para verificar las competencias. Las infracciones deberían sancionarse con tareas sociales y la obligación de capacitarse.  Siendo así tendríamos un contingente nada despreciable en la atención de programas sociales y posibilidad de empleo para muchas personas, especialmente bachilleres y estudiantes universitarios previamente preparados, que se dedicarían a capacitar conductores en el respeto a las normas de tránsito dentro de una nueva cultura ciudadana.  Los costos de estos programas serían asumidos por los mismos infractores. Igualmente, dentro de los requisitos para obtener pase de toda clase de vehículos debería incluirse la capacitación. El control realizado por los guardas de tránsito se ha especializado en verificar documentos, equipo de carretera y no a sancionar la falta de competencia. Los documentos se consiguen muy fácilmente, las capacidades y la responsabilidad requieren tiempo, pero definitivamente salvan vidas. La política de prevención y atención de esta problemática requiere una visión integral que puede dejar muchos dividendos sociales. 

Posted.   Manuel Javier Fierro P.