Archivos para junio, 2006

Manuel Javier Fierro Patiño. MVZ. Esp. Gestión y Planificación del Desarrollo Urbano-Regional.

Este vocablo muy utilizado en la actualidad, se constituye en piedra angular del paradigma económico del libre mercado, encontrándose ahora en todas las áreas disciplinares. Muchas veces se asume como credo religioso, sin aplicar siquiera el principio de la duda. Para que la condición de competitividad sea un activo de libre acceso, en un ambiente global, en donde todos los “competidores” tengan las mismas oportunidades, se requiere de unas reglas justas y diferenciales, de acuerdo con el nivel de desarrollo y las condiciones particulares de cada competidor; pues aunque en la globalización se asume que las condiciones nacionales tienden a homogenizarse, es completamente cierto que los contextos y espacios subnacionales son drásticamente diferentes. En este caso, los mercados de competencia perfecta solo existen en la teoría.

La solución a este dilema para los pequeños competidores, los considerados débiles y atrasados, es tratar de unirse, acceder a los servicios y bienes de manera eficiente y eficaz, identificando muy bien el producto y el mercado. Es conveniente hablar de competitividad aplicada al mundo empresarial, porque es donde realmente se manifiestan de manera directa los beneficios o pérdidas de la actividad económica. La empresa es la unidad en donde se debe centrar toda la atención, para que progresivamente logre ocupar y liderar los espacios dinámicos del mercado en proporciones cada vez mayores. Si esta no es la punta de lanza en materia de políticas públicas, la competitividad termina siendo un término mal utilizado. Esto se demuestra en el caso de la Agenda Interna y el Plan de Productividad y Competitividad, ejercicios que terminan constituyéndose en un fin para los gobiernos y no en medio para lograr los propósitos claves. La tarea concluyente no es elaborar una agenda o un plan, la tarea real es lograr resultados concretos que se manifiesten en crecimiento real de la economía, disminución del desempleo, menor subempleo e informalidad, lo que debe traducirse en mayor bienestar en términos de ingresos y equidad.

La competitividad empresarial puede lograrse con la interacción armónica de diferentes factores, agrupados en escenarios locales, regionales, nacionales e internacionales, adoptando una visión sistémica y territorial. Si a las empresas les va bien, le va bien al municipio, le va bien al departamento y así el aporte a la economía puede llegar a ser significativo. Un gran cúmulo de estos factores, entre los cuales se encuentra la educación, la ciencia y tecnología, las regulaciones legales, las instituciones, el sistema de financiación, la infraestructura, la cultura y el manejo de la información, se pueden promover desde lo territorial. Por esta razón, no es desacertado hablar de competitividad territorial, pero hay que tener en cuenta, que el centro de todo el proceso es la empresa y no las entidades o aisladamente el territorio, y es allí en donde puede perderse el foco de atención. Por ejemplo, el trabajo con los panificadores, que promovió la Cámara de Comercio de Villavicencio, logró un avance interesante en materia de competitividad, tan efectivo y diciente, que las cifras en materia de mejoramiento de la calidad y aumento del consumo pueden sentirse.

Autor: Manuel Javier Fierro Patiño. MVZ. Esp. Gestión y planificación del desarrollo urbano-regional. Candidato Magister en Desarollo Local. Asesor. Consultor. Catedrático Universidad de los Llanos.

Luego de la apertura del primero de los tres grandes centros comerciales que programaron su entrada en la economía de la ciudad a partir de este año, vienen con más fuerza las expectativas de los diversos sectores respecto a la dinámica generada. Los centros comerciales son actualmente el foco de la inversión privada en ciudades intermedias como Neiva, Ibagué y Bucaramanga. Villavicencio se considera un emporio del comercio, además, su importancia regional y el movimiento importante de los negocios de finca raíz, en una economía con un excelente nivel de demanda, llama la atención de los empresarios de la construcción y de los grandes almacenes de cadena. Vale la pena analizar los efectos que se sentirán en la medida que los centros se entrelacen con nuestra cotidianidad.

Los centros comerciales traerán nuevas fuentes de trabajo e ingresos, oferta diversa para los consumidores, pero también, nuevos retos para la ciudad y una dura competencia para los pequeños comerciantes. Se espera que el empleo generado logré suplir las necesidades de ingresos de población, en especial los trabajadores jóvenes y se convierta por lo menos en un factor de bienestar personal y familiar. Los pequeños comerciantes y los grandes almacenes entran en una franca lucha por lograr seducir el mayor número de compradores. Esta lucha permitirá mejores precios, la modernización y el logro de una mayor competitividad del sector comercio, el cual, según las cifras preliminares del censo 2005, tiene la mayor participación en la estructura económica de la ciudad con el 50.3% de los establecimientos del municipio; luego vienen el sector servicios, el cual representa el 35,7%, la industria, que solo representa el 8.6% y otras actividades el 5.4%.

Para que exista cierta equidad, es conveniente rescatar la iniciativa del centro comercial de los cielos abiertos y propiciar la asociatividad de los pequeños comerciantes, en un nuevo modelo urbano del centro de la ciudad, con la exigencia de suficientes y adecuados parqueaderos, zonas de carga y descarga, preservación del patrimonio histórico y la realización de obras de embellecimiento para atraer el público. La pugna consistirá en el uso de diferentes estrategias, como la compra a través de clubes, créditos accesibles e incentivos a los compradores, pues la tradición de los planes crediticios de las tiendas de barrio y los precios del comercio informal continuarán siendo una competencia fuerte.

La ciudad debe madurar en los aspectos culturales y urbanos, volviendo a la ciudad amable de otros tiempos y no a lo que muestran las congestionadas y destruidas calles, con flujos viales mal diseñados, sin vías alternas y espacios muertos de cemento sin interacción humana armónica. La ciudad irá evolucionando y ahora más que nunca se requiere una administración eficaz que promueva una visión futura por lo menos a 20 años, que anticipe los cambios, construya el futuro y no se preocupe simplemente de improvisaciones para atender problemas urbanos urgentes o centrarse en los intereses de unos pocos.

Tal como ha ocurrido en otras ciudades, los nuevos espacios urbanos provocan un efecto cultural interesante, el cual se hará más notable cuando la gente se vaya apropiando de los nuevos lugares. Las vivencias de la ciudad podrán sustentar una cultura ciudadana basada en una nueva noción del espacio público.

Manuel Javier Fierro Patiño. MVZ. Esp. Gestión y Planificación del Desarrollo Urbano-Regional.

De la cuenca del río Orinoco, el río Guaviare con 140.000 km2 es el afluente que tiene la mayor extensión de los 328.000 km2 totales que posee la gran cuenca colombiana. Es un río de aguas amarillas, con alto contenido de nutrientes extractados de la tierra andina; su gran cauce y vitalidad permiten una amplia diversidad de peces llevando cual fluido sanguíneo fertilidad a los suelos a lo largo de su trayecto hasta desembocar en el majestuoso Orinoco.

Los ríos son vida y el eje sobre el cual se mueve todo en estas regiones apartadas de Colombia. A través del río Guaviare es posible llegar de Puerto Lleras, Meta a Inírida, Guainía y conectar toda la zona oriental de Colombia. En las décadas de los 50 y 60, los lancheros hacían el recorrido aproximadamente en 15 días, llevando principalmente víveres, combustibles y recogiendo los pocos productos que los colonos producían. Se conformaron caseríos como Caño Jabón, Mapiripana, Arrecifal, Barrancominas y Cejal, los cuales se consolidaron después como focos poblacionales como resultado de las bonanzas extractivas, la marimba y la coca. En esta gesta colonizadora participaron hombres y mujeres de empuje, que buscaban un mejor futuro, alejarse de la violencia partidista o en algunos casos huir de responsabilidades legales. Las opciones eran pocas y generalmente la idea era sobrevivir a partir de los recursos de la naturaleza, comer carne de monte, sembrar para comer y comercializar algunos excedentes agrícolas para poder adquirir panela, sal, aceite, ropa, toldillos, zapatos, pilas y otros artículos que la selva no producía. Las bonanzas momentáneas permitían un desfogue para el despilfarro y la diversión de todo tipo, ocasión que sabían aprovechar muy bien los mercaderes, las cantinas y las prostitutas. Junto a esta dinámica social y económica crecían los niños, se creaban algunas escuelas y aparecían centros de salud.

En un recorrido realizado hace unos 10 años trabajando en un proyecto para la Unión Europea y la Gobernación del Guainía, pude apreciar la difícil vida del colono e indígena. De alguna manera la población se adapta a lo que venga para lograr sobrevivir. Hace unos 3 años, pude volver a Barrancominas, esta vez en un trabajo con organizaciones indígenas y observé con asombro cómo los hoteles y establecimientos comerciales estaban vacíos. Aquella época de aparente prosperidad ya no existía; algunos de los residentes abandonaron el pueblo y ahora vivían en Villavicencio o Bogotá. Se sentía la dependencia de la economía de la coca. Ahora con la ejecución del Plan Patriota y el establecimiento de bases militares el gobierno ha logrado desplazar el problema; sin embargo, me llamó mucho la atención que en medio de todo esto, aun existían personas que se aferraban a su tierra, amaban su región y habían adquirido un especial sentido de patriotismo. Estas personas desean ahora del Estado una mano amiga y miran con esperanza la posibilidad de que algún día estos apartados lugares prosperen económicamente y logren desarrollarse de manera armónica con el medio ambiente. Los indígenas y colonos ubicados a lo largo del río tienen problemas, pues en medio del conflicto, es difícil movilizarse para pescar, cazar, adquirir víveres. Es necesario desarrollar un gran plan social que atienda la problemática de estas zonas marginadas que han logrado mantenerse por largo tiempo a pesar del abandono estatal

Manuel Javier Fierro Patiño. MVZ. Esp. Gestión y Planificación del Desarrollo Urbano-Regional

Alguien decía que la democracia es un sistema imperfecto, pero indudablemente es lo mejor que tenemos. Si evaluamos en términos de derechos, posibilidades de consenso y manifestación de tolerancia, la democracia, en algunos casos, es un sistema que valida los intereses de la mayoría y los pone por encima de los intereses de la minoría. En los procesos electorales prevalecen los intereses de las mayorías, aunque estos no siempre sean los más justos o equitativos. Sin embargo, para bien de todos, hay mecanismos para generar consenso y legitimidad de la acción pública dentro de los cánones de la democracia. La oposición política y la libre prensa son elementos necesarios para garantizar la expresión libre de las diferencias y permitir el diálogo constructivo para definir lo justo dentro de lo democrático. Un mecanismo idóneo para tener una democracia más justa, es rescatar el sentido de lo público. Ahora que las tendencias mundiales presionan una reconfiguración de lo público y privado, es imprescindible generar sentido de pertenencia e identificación con lo significa “lo público” como aquello que es de todos, para todos, del Estado y está finalmente concebido para atender los intereses colectivos.

Construir la convivencia en una sociedad más justa y tolerante es uno de los problemas fundamentales que los hombres y mujeres de hoy debemos afrontar. Hoy es urgente la formación de ciudadanos competentes para vivir en una sociedad plural en las formas de pensar y vivir. En la medida que existan ciudadanos competentes es posible cerrar el paso a los grandes males de la administración pública. La corrupción, el clientelismo, el abuso de la autoridad, la coacción, la iniquidad social, la intolerancia política y la incompetencia para gobernar, tendrán menos espacio cuando realmente exista un buen sentido de lo público. Las competencias ciudadanas deben trascender el discurso moral valorativo que condena, pero que soslayadamente acepta e inclusive premia las conductas malévolas que atentan contra lo público. Saber elegir es un hecho de suma responsabilidad con nuestros congéneres y con nosotros mismos. El voto debe nacer de un juicio ético de la más firme muestra de civilidad y grandeza para con la patria. Ahora púes, el mismo Estado tiene la responsabilidad y la obligación de construir justicia social y formar ciudadanos competentes. Destruir la doble moral que premia a los malévolos, será imposible si la educación cívica continúa olvidada en las aulas. La educación debe ser entendida como tarea y como proyecto que no acaba en la sola transformación del individuo, sino que implica necesariamente un compromiso de cambio y transformación de la propia sociedad. Como lo describe el profesor Tourinán: “Toda acción educativa es inseparable de una proyección política y social; es una participación en la tarea y el compromiso de construcción de una sociedad desde parámetros de justicia y equidad”.
Si la educación es ética y política, la participación democrática en la construcción de una sociedad justa es un componente inseparable. El sentido de lo social y el rescate de lo público emergen como un determinante en nuestros días cuando la soberanía es precaria frente a las acciones globales. Mientras una sociedad tenga ciudadanos más responsables y competentes tendrá un país más libre y soberano. De esta manera se materializa el verdadero espíritu de la Carta Magna: “La soberanía está en el pueblo”.