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Manuel Javier Fierro Patiño. MVZ. Esp. Gestión y Planificación del Desarrollo Urbano-Regional

Mientras dormimos, el mundo avanza. Y no es sentido figurativo. La pauta actual en la economía mundial, es que las economías mantengan el equilibrio frente a los elevados precios del petróleo, cuenten con materias primas baratas y se orienten a aumentar su influencia hemisférica, respetando cada una sus “espacios”. Las naciones buscan posicionarse de manera ventajosa en la economía global, aumentar sus exportaciones y proteger su producción. En los países desarrollados la seguridad alimentaria no es negociable y ni siquiera se considera debatible en un tratado de libre comercio. La seguridad alimentaria es un determinante estratégico. Los países saben que deben estar preparados para cualquier eventualidad que perturbe el equilibrio mundial, por ejemplo, una guerra, una catástrofe natural y ante todo permanecer en una posición influyente en el escenario mundial. Para esto requiere hacer valer su independencia dentro de un ambiente supuestamente globalizado. Es una abierta contradicción al paradigma de la globalización, que los mismos países desarrollados promueven con firmeza. Los países fuertes prevalecen gracias a que saben salvaguardar sus bienes estratégicos, construyen una capacidad disuasiva manifiesta y están preparados para actuar autónomamente en situaciones de crisis y sin ningún otro objetivo sea más importante que el de proteger a sus ciudadanos y garantizar la seguridad nacional. En esta contra-doctrina proteccionista se basa la realidad de las relaciones asimétricas que se asumen al negociar con una superpotencia como Estados Unidos. Nosotros estamos en una posición de clara desventaja. Tenemos una guerra interna que nos desangra humanamente y presupuestamente; no visualizamos razonablemente nuestro potencial y con estas limitaciones pretendemos hacer valer posiciones frente a un coloso que busca ampliar su mercado industrial y tecnológico, utilizarnos como dique político y económico, ante la avanzada anti-neocolonial de Suramérica, y además vendernos los excedentes de sus reservas estratégicas de alimentos. Pero, no hay que perder la esperanza, hay que negociar como grande frente a la dimensión de la contraparte y hacer valer nuestra posición con creces. La producción de arroz, el maíz, la soya, y otros alimentos, son igualmente fundamentales para nosotros. Tenemos una posición geoestratégica que hay que hacer valer. Ojala despertemos y aprendamos a generar soberanía con conocimiento, diversificar e innovar en lo que sabemos y con lo que tenemos, prepararnos para producir bienes tecnológicos, mayor valor agregado e ir acrecentando nuestra autonomía con audacia, sagacidad y mucha malicia indígena.

Manuel Javier Fierro Patiño. MVZ. Esp. Gestión y Planificación del Desarrollo Urbano-Regional

El término “Libre Comercio” en el campo agrícola es tan postizo como el programa de la gratuidad en la educación. Los países desarrollados persisten en la protección de su producción pasándose por la faja el acuerdo de Doha, que buscaba como objetivo eliminar los subsidios y de esta manera aumentar las exportaciones de las naciones pobres en un 24%, multiplicar por 10 la producción rural y sacar aproximadamente a 144 millones de personas de la pobreza. La funesta Ley agrícola “Farm Bill” de EEUU y el incumplimiento recíproco de la Unión Europea, ratificado ahora en la fracasada reunión de la OMC en Hong Kong, hacen pensar que a partir de ahora, todo se oriente al creciente debilitamiento del sistema comercial multilateral, una nueva escalada de medidas proteccionistas y el incremento en las guerras comerciales entre países. La situación en Latinoamérica no esta mejor. México, Centroamérica y Chile, sienten que las condiciones en que se negociaron los tratados de libre comercio con EEUU no fueron las mejores, púes los subsidios persisten, aun con la promesa de EEUU de solucionar estas modalidades de protección en la Organización Mundial del Comercio. Tal es así, que actualmente, EEUU exporta arroz a Guatemala, maíz a México y cebollas a Chile, productos que históricamente eran fuertes en estos países. Esta misma promesa hemos recibido nosotros y de acuerdo con los hechos, parece que se hunden nuestras ilusiones de producir y comercializar arroz, soya y maíz por lo menos al mercado interno. Según el estudio del profesor Luís Jorge Garay, la protección que ofrece EEUU a los productores es del orden del 46.8% para el arroz, 26.4% para el maíz y un 25.5% para oleaginosas, lo que representa que los ingresos de los productores se aumentan en una relación de 1.9 para el arroz, 1.4 para el maíz y 1.3 para oleaginosas. Así los costos de producción muestran una distorsión para exportar, que se calcula en un 35% para el arroz, un 25% para la soya y un 13% para el maíz. Esto sin mencionar las restricciones en materia fitosanitaria. No obstante, los negociadores colombianos han mostrado un conformismo sospechoso y parece que lo más seguro es ceder respecto a estos productos representativos de nuestra región, pues lo que para los gringos representa una medida estratégica que busca la seguridad alimentaria, para Colombia las ayudas internas y subsidios son un pecado. La respuesta colombiana a este dumping disfrazado, parece ser la vía arancelaria, establecer salvaguardias y franjas de precios, con el agravante que son precisamente estas medidas las que están en la mira de EEUU y la OMC, además de ser difíciles de mantener. La posición colombiana debe ser de férrea defensa y no de entrega, pues la experiencia de otros tratados dice que los beneficios en la mejora de las exportaciones solo será momentánea y no tendrá mayor impacto para nuestra región, que no tiene vocación exportadora, en cambio los daños en el mediano y largo plazo serán estructurales y nefastos para la economía regional, pues no estamos listos para hacer reconversiones productivas en el corto plazo.

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